jueves, 12 de febrero de 2015

Un chiqutín que se me había ido de las manos

Lo que hoy es cuento es ese típico caso que nos ocurre a menudo a los aficionados al bonsái a la hora de trabajar nuestros árboles. El olmo en cuestión que os presento, estaba originalmente destinado a ser otro más de mis bonsáis. Por falta de ideas, pero sobre todo por falta de tiempo, lo fui descuidando hasta que se convirtió en un hermoso árbol de más de dos metros de altura, sin ninguna conicidad y sin ninguna rama baja que pudiera ser aprovechada decentemente.

El caso es que llegados a ese punto, decidí plantarlo en un lugar del jardín con el objetivo de que se convirtiera en un árbol de verdad para dar sombra a ese rincón. Tras un tiempo, este año, el árbol que ya medía más de tres metros, empezó a brotar por su parte baja y se me iluminó una bombilla. Sumado a que ahora tampoco le veía mucho sentido a tener un árbol grande en ese sitio, decidí cortarle aprovechando una nueva rama que podía ser el ápice y otra que podría conformarse como primera rama. El resultado el que os muestro en las fotos. Lo bueno de haber esperado sin hacer nada es que el tronco ha engordado considerablemente y que la corteza ha comenzado a abotonarse.

Como ya os he dicho muchas veces, cuando no sepamos muy bien que hacer con alguno de nuestros árboles, dejémoslo tranquilo que el tiempo y la inspiración nos ayudará para encontrar la mejor solución creativa.

Así había crecido el arbolito dejándolo tranquilo

Mirad el grosor que había alcanzado el tronco en este tiempo

La posible primera rama

El nuevo ápice

Una corteza que empieza a ser bastante interesante

Tras el trabajo de corte y de sellado de la herida

Con su primera rama y su ápice, ahora le toca seguir desarrollándose